Wednesday, September 21, 2005

POSTIZO

Centro Cultural Balmaceda 1215 Santiago de Chile 2004 Plastic painting on the wall, variable size, 300 cm high Plasting painting on the wall, variable size, 300 cm high Plastic Painting on the wall, variable size 300 cm high details Transplante de Iconos Víctor Castillo impregna su obra con los iconos de un abrumador mundo de imágenes apropiadas Sea un Bugs Bunny en versión bonzai o Popeye en gigante, los personajes de nuestras fantasías del pasado deambulan por las paredes con desenfrenada energía. Nos arrasan con la marca de su locura, haciéndonos cómplices en sus deslices, partícipes en su errático andar. ¿A dónde nos quiere llevar Castillo con esta inmersión total entre las costuras de un seudo-realidad, en este viaje más allá de los confines del País de las Maravillas de una errante Alicia y tantas otras figuras de la farándula comiquera? Antes de tomar el viaje con Víctor es importante que se tenga claro las reglas del juego. Si para llegar al territorio de Alicia se necesita unos sorbos de un elixir mágico, para acceder al mundo de Víctor hay que someterse a una descontaminación cultural. No hace falta, sin embargo, sujetarse a ningún baño tóxico o lavado nocivo. La contaminación que a él le da pánico es entre cerebral y sensual—en estos rincones del ser donde se acumulan los falsos mitos y las nefastas creencias de la humanidad. El mejor descontaminante es, por cierto, el aire fresco—esta sustancia invisible que penetra hasta los poros y disuelve los cristales de intolerancia que hacen crujir los ejes de la mente, los rieles de la memoria y los rodamientos de la voluntad. Dosificado con la risa, esta potente dupla de elementos abre caminos que pueden conducir al conocimiento, hasta a la sabiduría. Víctor penetra por las arterias a las penas de la sociedad, plasmándolas con el claroscuro de una radiografía; comprende como balancearse sobre la soga que separa el bien del mal. Busca las citas precisas entre su abultado banco de datos, en sus alejandrinos archivos de imágenes, en su compendio de excéntrica información. Encuentra los referentes que combinan la carga visual con el impulso cerebral para poder proveernos, por un lado, con una atinada síntesis y, por el otro, con el porrazo que quiere infligir a nuestra mentada complacencia. Ya, limpios de ánimo y alma, vaciados de preconceptos y prejuicios, disueltas las aristas, con la memoria perdida en las costuras del cotidiano, y los archivos vueltos virgen, estamos listos para acercarnos y acceder a la propuesta de Víctor. La propuesta se llama Postizo y es aparentemente un atentado contra nuestra cordura. Víctor propone sumergirnos en un tanque lleno de sus fantasías y fantasmas, poblado de personajes que nadan contra la corriente, que saltan y brincan, caminan sin sentido, aplastados sobre las superficies de este tanque. ¿Es una caja de Pandora de los sueños guardados, o de pesadillas irresueltas? ¿O es un abigarrado carnaval de iconos al borde del olvido, escapados del manicomio de los comics? ¿Les importa participar en el singular juego de este joven artista? No, es su deber patriótico. Ellos son lo que son; siguen sus rutinas impávidas; no prestan la más mínima atención a nuestra intrusión en sus mundos. Víctor nos quiere conducir a una jardín de las delicias de su propio fragor, donde la trama se desarrolla detrás de la pantalla, donde Alicia juega con Dorotea y la Liebre de marzo con el Mago de Oz, donde los iconos se entregan a frenéticas orgías de exaltación, acompañados por bandas sonoras del más pesado Rock y el más raudo Techno. Pero todo lo de Víctor es postizo. Es pero no es a la vez. Simula una cosa, representa otra. Es superimponible y descartable a la vez. Es rigurosa la selección, pero aleatoria la secuencia. Es artificial pero atrapa el ojo; es falso, pero al mismo tiempo esta vorágine de caricaturas compone un retrato paralelo de nuestra sociedad. Las reacciones inmediatas del público son múltiples. Las más obvias son la consternación, hasta el pánico, la repulsión, la alienación, rechazo, pasando por la confusión hacia la curiosidad. Allí viene una mirada más firme, más indagadora, la de esta conciencia descontaminada que fue la consigna original para entrar en este túnel del tiempo detenido. Empezamos a sentir que estamos frente a una obra de lo que hoy se atreve a denominar ‘arte’, aquel término que se aplica a cualquier expresión humana que intenta representar algo en una dimensión más allá de la mera realidad, más allá del instantáneo que capta una tajada de la vida desde el ángulo del fotógrafo. Para lograr esta sensación de ‘arte’, Víctor impulsa su obra con ritmo, construye una composición que respeta reglas centenarias relacionadas a la perspectiva, el color, la figuración. Busca establecer una armonía visual—atípica pero válida—entre un fondo más bien sucio en elaboración, con la nitidez de su enciclopédico despliegue de iconos. Intenta ganarse nuestra adhesión por el lado de la simpatía que guardamos todos para estos entrañables iconos—tanto los infantiles como los diseñados exclusivamente para adultos. Rescata la ‘intercomunicabilidad’ entre todos. Este Braille de signos táctiles es una suerte de esperanto que pueda compartir un lobo feroz con la Cenicienta, y ellos dos con nosotros. También intenta detener la deslave, como el niño holandés con su dedo en el dique. Atento al constante bombardeo de imágenes que nos hostiga, las de la publicidad, las de la calle, las de los sueños, quiere resumirlas en murales estáticos que pulsan con el ritmo de la animación. Si tomamos en cuenta la velocidad y la voracidad de la realidad, la obra de Víctor es un remanso en esta atiborrada realidad que nos rodea a cada instante. Aplicados a las paredes de Balmaceda 1215, el elenco de imágenes que Víctor nos pintó ya—en este contexto—parecen los frígidos objetos de un clásico bodegón, los personajes de una escena bucólica a la Manet. Ya podemos empezar a identificar a cada icono y deducir su misión en el contexto de su entorno. Víctor escoge sus presas de forma aleatoria. Excava en la historia, en la época que empezó, por ejemplo, Looney Tunes y las Merry Melodies, con protagonistas como Bosko y su respectiva galería de personajes. Recata los legendarios Popeye y Olive, también a un temprano Porky Pig, cuando era regordete. Prefiero el inicio de los clásicos por mantener un aire grotesco que pierden en sus posteriores estilizaciones”, comenta el artista. Recurre a los villanos que aparecían en revistas antiguas como ‘El pingüino’, ‘Viejo Verde’ o ‘Peneca’. Extrae otros próceres como Félix el gato, Scrappy y Nancy de sus viejas páginas amarillentas. “No puedo dejar de mencionar Pinocho y sus distintas representaciones, rescatando las más grotescas y algunas personajillos de envases de productos variados como dulces y juguetes”, agrega Víctor. Equilibra la carga del pasado con el peso del presente. Aparece Condorito por un lado, y las tapas de bandas musicales como Sex Mob, Jon Spencer o Faith No More, o Ren y Stimpy, estos últimos, sin duda, “por su tremenda intensidad—al punto que por un tiempo estuvieron censurado en Chile a pesar de que se suponen que eran para niños”. “La mezcla de estos referentes pretende crear atemporalidad (como que siempre han estado y estarán presentes en nuestras vidas) y sus actitudes en general deben provocar inquietud. Porque detrás de toda esta parafernalia sin sentido de caricaturas manipuladas que potencian y resumen las pasiones humanas, se oculta una visión tragicómica (no me interesa el drama) del mundo en la que el hombre sin duda se come al hombre”, cierra el artista. Para despistarnos aún más, agrega personajes de diseño propio. Una vez hecha la selección, Víctor debe disponer su elenco de personajes de manera convincente para él, sobre la superficie escogida, sea una hoja de papel, una tela estirada sobre su bastidor, o un muro. En el caso de Balmaceda 1215, son las paredes de una sala sobre las cuales los íconos operan como una fiera en la jaula de un zoológico—va y viene sin poder variar su ruta ni su rutina. Algunos son solo la sombra de si mismo, una silueta negra, un Bugs Bunny flaco y perseguido, por ejemplo. La lengua del Lobo feroz parece líneas de sangre. Nancy, descabezada, come un helado de frutilla. Algunos son tal cual como los recordamos; otros son solo espectros de su previo ser. Pero hay que mirar con más atención. Cada figura esconde detalles, hasta el mismo fondo pintado sobre la pared contiene información velada por la misma pintura que Víctor aplica, a veces, como una capa de camuflaje. Alguna frase en tipografía antigua da una pista, algún símbolo también. Es, por un lado, un rompecabezas donde las piezas están todas en su lugar correcto, y lo que hay que colocar es el sentido a la secuencia. El sentido, tal vez, es el no-sentido, lo fortuito, lo casual—como agrega Víctor, “la yuxtaposición accidental de universos simbólicos que crean una multiplicidad de lecturas”. “Recurriendo a la caricatura, pretendo parodiar el contexto contemporáneo y las condiciones humanas, ofreciendo una visión banalizada del drama humano que oscila entre lo trágico y lo irónico”. Aunque convierte su poética en un operativo postizo de lo académico con la estructura de sus murales, niega la práctica de sus pares y rechaza adherirse a los cánones de la cultura considerada como ‘seria’ en Santiago. Deja que los iconos hablen por él; es un ventrílocuo que habla con el silencio de los personajes congelados en su obra. Ya vamos descubriendo los trucos y los aciertos de nuestro artista, este pirata de espacios virtuales y vándalo de revistas viejas. Hay toques satánicos, veladas referencias a la religiosidad, cruces invertidas, el sexo como sacrificio, como exorcismo, el juego como la fuente de la resurrección, el humor como salida espiritual. Detrás de cada icono, se esconde la huída de la humanidad hacia su salvación. Víctor juega, pero con postas muy altas. Apuesta a llevarnos hacia la revelación, a transitar los campos de la ambigüedad para llegar—sanos y salvos-- al otro lado, por este puente que es el arte. Pero el puente de Víctor es de estos que cuelgan, que dan susto subir. Requiere que el transeúnte supere aplacar la sobreexcitación que debilita el equilibrio. Propone que nos bajen de revoluciones para entrar en la frecuencia de la sensatez, para poder sacar el jugo de esta recontextualización de los ídolos de antaño en una nueva expresión de arte, una propuesta que traspasa las fronteras de la modernidad para colocarnos en el marco del arte de hoy, donde ... Si el propósito del transplante es brindar nueva vida al receptor, Víctor cumple con el objetivo. Postizo nos ayuda reciclar nuestros prejuicios y revalidar nuestras preferencias, viendo viejos amigos en nuevas luces. Edward Shaw

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